Sembrar agua para obtener agua

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Cultivar en el agua o en terrenos anegadizos siempre se ha practicado para obtener vegetales (por ejemplo el arroz) o animales (crustacios) en fin. Pero en este escrito se trata de algo muy diferente: sembrar agua en la tierra para obtener agua. ¿Como puede ser ello? pues muy sencillo: sembrar arboles. Producen los arboles, ademas de de todos sus dones conocidos, también agua aunque de manera casi imperceptible pese  a sus múltiples modos de hacerlo.  Extrae mediante sus miles de raicillas el agua del subsuelo donde esta corre oculta profunda.  La asciende cual un sifón por su tubo matriz llamado tallo a las ramas, a las hojas, a las flores, a los frutos.


Esa agua así obtenida se suma al complejo laboratorio de la fotosíntesis, ésta por una parte produce el alimento de la planta y desprende humedad. Esta humedad se reparte por la superficie del suelo, otra porción nutre las nubes gracias a las corrientes de aire. Las nubes cuando están ahítas convierten la humedad en lluvia cuyo hermoso y útil destino conocemos pero todavía hay mas: cuando el árbol adsorbe mas agua de la necesaria para su hidratación y el proceso fotosintetico entonces la devuelve pero esta ves no por las raicillas sino ahora desciende por el tallo cual húmeda corriente solo perceptible para el humano por esa frescura del árbol, en su ámbito inmediato ademas de la sombra y en la humedad en la base entorno de cada planta.  ¿y si no es una sino mil plantas? entonces dicha vivencia sera mas fácil de observar. ¿y si es en vez son un millón de arboles? dejo al lector sus conclusiones.

Cuando se siembran arboles estamos también sembrando agua.

Soy testigo de esta experiencia: un fin de semana - hace ya mas de diez años - viaje con el señor Enrique Uzcategui Burguera (QEPD) y algunos de sus hijos a su hacienda cafetalera "Quizná", en las afueras de Chiguara. En una colina lindera de la finca había un enorme árbol trompillo (Guarea Trichilioides, de la familia Meliáceas) media en la base del tallo metro y medio del diámetro y no menos de veinte metros de altos.  Me dijo el señor Enrique: "fíjate en la pata del trompillo ¿qué ves?".  Efectivamente salían unos muy finos hilos de agua, bajaban hasta dispersarte por la falda de dicha colina. Me completo la información el señor Enrique con esta sentencia: "si en la cima de cada de estas muchas colinas los cafetaleros hubieran sembrado trompillos no necesitariamos el riego artificial y costoso de los cafetos cuando llega el verano." sabiduría agraria de boca de un hombre conocedor del laboreo campesino, el señor Enrique Uzcategui Burguera.

Sembrar arboles no debe ser únicamente de los gobiernos del país sino de cada ciudadano que respire oxigeno, que beba agua, que como vegetales, que ame el verdor.  En los campos, en las aldeas, a lo largo de los caminos, en la ciudades, sobran los espacios donde cualquier vecino puede dedicarle una hora del domingo para sembrar - y luego - cuidar un árbol. Las Diosas de la vegetación  Ártemis, Diana, los Dioses del agua, Poseidón, Neptuno agradecen esos gestos hermosos pero también castigan la negligencia, la indiferencia.  La escasez de agua sana ya comienza tocar las puertas de nuestras casas, de los apartamentos de las oficinas, de las escuelas.

Ecológico ruego venezolano: habitan en nuestros país alrededor de 28 millones de venezolanos, siete de ellos lo ocupa la infancia, otros siete la senectud.   De los catorce millones restantes una mitad agrupa a los indiferentes (por llamarlos de algún modo) pero quedan siete millos de venezolanos quienes amamos a la vida, a nuestra patria, a la naturaleza, a la sociedad, a la familia. Si cada una de las mujeres o de los hombre de este hermoso sector dedicara una hora los fines de semana a sembrar un árbol (y cuidarlo) en cualquier espacio disponible cerca de su residencia (un rincón olvidado, la isla de su avenida, una pequeña plaza abandonada, en fin)  dejaría un saldo positivo de siete millones de arboles cada semana ¿cuántos en un año? esta dignisima labor nos pertenece, error seria dejársela a quienes mucho prometen verbalmente pero jamas cumplen.

QUIERO CANTAR UN ARBOL

Quiero cantar un árbol en su escueta belleza: 
sus hojas de alegría, su tronco de firmeza. 

Quiero cantar la savia que va por sus entrañas,
 mas pura que el arroyo que corre en las montañas. 

Y la raíz oculta, modesta en su tarea:
 alimentar el árbol sin que nadie la vea.

Quiero cantar aquí la viviente madera 
que será el quieto lecho o la barca viajera.

 Quiero cantar la flor que alegra los sentidos
 y el fruto donde esperan los sabores dormidos.

 Quiero cantar un árbol en su exacto verdor,
 sin añadirle nada como no sea mi amor. 

Y quiero que los niños retocen en su sombra 
y escuchen como el viento en las ramas los nombra.

Carlos Augusto León




Lubio Cardozo / Lenin Cardozo