METAECOLOGÍA: HOMENAJE DEL LECTOR A LA POETA MARÍA MERCEDES CARRANZA

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María Mercedes CarranzaHomenaje de lector a la poeta María Mercedes Carranza
“Poetizar es hacer memoria.
La memoria es fundación”.
M. Heidegger
A una grancolombiana,
la señora Alba Gutiérrez Isaza

Escribió en todas sus poesías María Mercedes Carranza (Bogotá, 1945-2003) un sueño: Colombia. Cantar quiso tal vez a ese país naturalmente hermoso su hermosura, de su temple alegre su alegría, recoger en las estrofas ese anhelo, mas en su contemporaneidad la historia había abierto un prolongado paréntesis para encerrar en él la palabra dolor. Quizás tomar ella un atajo deseó, por aledaños enredijos del acontecer, para lanzar la red de sus versos y atrapar entre sus hilos la luz, el paisaje, la vida imaginada, los ludismos del eros en el grato territorio de su patria, Colombia, pero siempre se levantaba la pétrea pared realísima de la pena, pesadumbre social, política, militar, lo brutalmente inhumano de la sucedencia epocal de su tierra. La verdadera inteligencia (“el ojo del alma”, Platón) moralidad esencial exige.

Entendió María Mercedes Carranza su destino de poeta, o más bien el fatum de su actividad creativa por áspero decreto de las divinidades. Por su raigal pertenencia, por el nombre familiar —hija del escritor Eduardo Carranza—, por haber tenido la fortuna de recibir una excelente formación intelectual, por la mirada extendida (prospicere...) al porvenir de su nación, no podía eludir lo fatal de su temporalidad, no le estaba permitido esconderse detrás de una obra de calidad artística, de agradables episodios, de concatenadas emociones pero banal con respecto al grado del fundamento de su compromiso destinal, de escaldas al reto existencial de los infaustos años amarrados a la geografía colombiana. Esquiva, pues, la plácida alienación de la indiferencia, lo divertido, lo cómico. Se plantó en lo opuesto, la valerosidad. Ella su hado asume. No transitaría ese otro tentador camino. Haría, por el contrario, de sus versos, en frase de Horacio, venenatas sagittas, inmersas saetas en sutil ira impotente disparadas a los obscuros recintos, las invisibles cofradías de donde se originaba ese dolor de Colombia.

Aunque más allá de dos esquelas compartidas y un poemario obsequiado no tuve la suerte de conocerla; por informaciones de amigos bogotanos, por algunas fotografías, por deducciones de sus escritos, la imagino delgada (nunca frágil), pausada en sus ademanes, de intensa serenidad, no obstante de un corazón temerario capaz de imprimirle a su voz lírica la fuerza tremenda de la mujer, la firmeza del grito silencioso para arrostrarle a los cómplices del infortunio, para desafiar a quien la leyere u oyere a sumar vocablos a un gran coro para decirle al espíritu del mundo (si aún hubiere espíritu del mundo), con la fuerza coral de la tragedia griega, la ya demasiado larga tristeza cual lluvia maléfica sobre Colombia.
Dabeida

El río es dulce aquí
                en Dabeiba
y lleva rosas rojas
esparcidas en las aguas.
                No son rosas,
                es la sangre
que toma otros caminos.

(De El canto de las moscas, 1997).
Esencian, sólo así, esa agonía, ese coraje, esa transparente pesadumbre, la ascética belleza de su lírica.

II
De los muchos poemas paradigmáticos de María Mercedes Carranza sobre lo poco dicho se van a enfocar a la ojeada dos uncidos por la intención de estas páginas, cuyo propósito sólo traduce un homenaje del recuerdo a la poeta colombiana atrapada por su responsabilidad de una respuesta lírica auténtica ante sus circunstancias. En su composición “De Boyacá en sus campos”, de su primer libroVainas y otros poemas (1972), sintetiza en versos cual disparos a quemarropa todo el mundo falso, hipócrita, manipulador, tejido en torno a Bolívar, de ese historiar absolutamente contrario a cuanto él significó para el real acontecer en la existencia de estos pueblos. Trajo, creó, sembró él la libertad para usarla en todas las actitudes de la vida, libertad para liberar y no para el palabreo de la mentira. Despoja María Mercedes, en su pulcra oda cerrera, a Bolívar de la santurronería de las academias, de la oratoria palaciega, y lo deja desnudo en la pureza de su señal indicadora de la verdad del camino de estas pardas comarcas con sus poblaciones encima.
(...)

que más que charreteras
lucía un callo en cada nalga
de tanto cabalgar por estas tierras,

(...)
tenía el ademán mestizo de una batalla perdida.
Hermosísimo poema severo, sin flaquezas escriturales, levantado con la fortitud volcánica de una mujer. Ensambla en sus frases rítmicas una ósea reflexión impávida sobre el espacio del alma, de lapsykhé del lector, o del lector-pueblo, donde debe hallarse un indicio, un signo del misterioso destino de estas naciones en su dilatada guerra de hace más de quinientos años.
(...)

Pero y si pronto, y si quizás, y si a lo mejor,
y si acaso, y si tal vea algún día te sacudes la lluvia,
los laureles y tanto polvo, quien quita.
Su “Oración”, del libro De amor y desamor y otros poemas (1995), refuerza lo axiomático del primer párrafo de este escrito, pese al reclamo íntimo de estos diez versos mediante los cuales ensambla una trascendente oda pagana a esos hermanos inseparables: la tierra y la muerte. Un psalmo en sí, absoluto, de lata ascendencia clásica. Encaja, no obstante, en lo llamado en estas páginas el dolor de Colombia. Singulariza la derrota ante las desatadas fuerzas de los indomables males de su hora. ¿Hacia dónde mirará la poeta? Arriba, el azul calla. En la vecindad del horizonte la vida identificada con la esperanza pareciera no ser posible. Abajo, la arena, las piedras. La arcilla a cambio de cuanto poco queda —apenas si la soledad, los sueños, la poesía— ofrecen el alivio del sufrir, el descanso, la paz, el olvido, el silencio, en fin la nada.

Un poeta venezolano más o menos contemporáneo a José Asunción Silva (1865-1396), Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892), en los años finales de su alongado deambular y penar por el mundo, con su desencanto a cuestas por múltiples fracasos en la actividad política, en sus aspiraciones sociales, económicas, familiares, compuso un melancólico cántico en el cual también mira hacia abajo, a la tierra compañera substancial de la muerte, se rotula
Sub Umbra

Traedme una caja
de negro nogal,
y en ella dejadme
por fin reposar.


De un lado mis sueños
de amor colocad,
del otro mis ansias
de gloria inmortal;


la lira en mis manos
piadosos dejad,
y bajo la almohada
mi hermoso ideal...


Ahora la tapa
traed y clavad,
clavadla, clavadla
con fuerza tenaz,
que nadie lo mío
me pueda robar...


Después, una fosa
bien honda cavad,
tan honda, tan honda,
que hasta ella jamás
alcance el ruido
del mundo llegar;
bajadme a su fondo,
la tierra juntad,
cubridme... y marchaos
dejándome en paz.


¡Ni flores, ni losa,
ni cruz funeral;
y luego... olvidadme
por siempre jamás!

(Del libro J. A. Pérez Bonalde, Academia Nacional de la Historia, 1964).
Se interpone, entre las estrofas de Pérez Bonalde y la “Oración” de María Mercedes Carranza más de un siglo, lo cual implica obviamente diferencias escriturales notables, distinto tratamiento de la melopeya. Coinciden sí en el ámbito lírico de la desesperanza, en bajar los ojos al humus —al fin y al cabo humanus et humus van uncidos además de la etimología también por el destino—; ofrendar la existencia a la madre gea, la misteriosa estancia donde —tal vez— el dolor se acalle.
Oración

No más amaneceres y costumbres,
no más luz, no más oficios, no más instantes.
Sólo tierra, tierra en los ojos,
entre la boca y los oídos;
tierra sobre los pechos aplastados;
tierra entre el vientre seco;
tierra apretada a la espalda;
a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;
tierra entre las manos ahí dejadas.
Tierra y olvido.
Se negó a la alegría por saberla injusta en medio del entorno, de los aconteceres, María Mercedes Carranza. Ascendió a la tristeza, esencia con ella, en buena medida su soma, su psykhé, su obra lírica. Convirtió la mesticia en su brújula para no perderse en el complejo mapa de las tentaciones intelectuales distintas a la asunción de su norte, su treno por el dolor de Colombia, aflicción compartida con los más, con los sufrientes, cuya respuesta perceptible en lo inmediato era el estupor del opaco silencio. Imposible cristalizar los sueños, irremediablemente se tornarían fantasmas de humo disueltos por los ventarrones del infortunio epocal. Aceptó por eso María Mercedes, con “el coraje de su verdad”, la invitación de la tierra.