El Consejo de Ciruma. Historias y leyendas de los Ecoparques del Zulia

En cada parque existen historias y leyendas. Una de esas reales historias es la que le dio el nombre a la comunidad del Consejo de Ciruma, localidad donde se encuentra el Ecoparque Ojo de Agua El Cardón.‏ Serie  Historias de los Parques Ecoturísticos del Zulia.



Un trabajo  muy profesional y excelente producción realizada por la novel  directora zuliana  Viviana Camacho.  Acompañada por los actores y actrices William Áñez como el Cacique Ciruma, Marianny Gutiérrez, Mariangel Gutiérrez, Alejandro Gutiérrez. Jhoan Quintero, Albanis Mendoza, Elías Medina, Camila Medina, Luis Ángel, Rebeca Soto, Miria Ester, Leidiberth Chirinos, Fabiola Cardenas, Carlos Fernández, Carlos Fernández, Ernestina Machado, Wuakiely Machado, Wikely Machado, Pedro Calfdera, Aura Caldera, Jesús Chirino, Alfredo Suárez, Kelimar Estela, Saliacny Riera, Glisbeth Caldera, Esteban Guaraucano, Katherin Cañizales.  

Agradecemos también a la Comunidad del Cardón, por su apoyo e integración en la realización de este vídeo

El origen del nombre del Consejo de Ciruma, por Gusmar Sosa.
En el año 1890 una extraña enfermedad azotó al estado Falcón, estado limítrofe con el estado Zulia. Una mancha aparecía en la piel y al cabo de dos semanas ésta se convertía en una llaga y, poco a poco, se extendía por todo el cuerpo. Las personas infectadas por esta enfermedad se iban pudriendo en vida, presentaban síntomas como fiebre y debilidad para ejercer cualquier tipo de actividad. Así, las víctimas de la enfermedad estaban condenadas a morir en un lapso de dos meses después de que la mancha se convirtiera en llaga.

Cuatro familias, decidieron abandonar el estado unidos como una sola familia, los más ancianos presentaban ya la mancha en la piel y en la familia Morles, un niño iba infectado también. Partieron en caballos, arreando sus ganados, con provisiones para un mes de camino, y la esperanza de encontrar un caserío en el estado Zulia donde poder establecerse lejos de la infección del estado abandonado. Llevaban también semillas de maíz, de auyama, y de otros alimentos, creían que, de no conseguir un caserío, podrían fundar en alguna tierra uno para las cuatro familias. Tras dos semanas caminando en medio de la selva falconiana y sin conseguir nada, el niño Santiago Morles presentaba fiebre con frecuencia y sus padres se desesperaban ante la idea de que pudiera morir en aquel peregrinaje. Los ancianos también se descomponían aceleradamente.

Encontraron un arroyo bordeado por cardones y se detuvieron para calmar la sed de los animales. Mientras las bestias se saciaban, un indio se les acercó. Se alarmaron al verlo, semidesnudo y de aspecto rudo. Cuando estuvo cerca, el temor aumentó al notar una cicatriz en su rostro que parecía dividírselo en dos. El indio parecía llevar un objetivo: sin distraerse, caminó directo hacia el niño, que estaba rodeado por sus padres y en los brazos de su madre, se abrió paso entre ellos y, ya frente a él, se inclinó a su altura. Nadie se resistió a su presencia. El indio miró el antebrazo del niño donde la mancha comenzaba a supurar.

-Esto- dijo tocando la llaga con su dedo- mal de ciudad. Hombre de ciudad mucho odio.

Luego señaló al frente del arroyo y agregó: -Un día de camino, detrás de robles hay valle de Cabimo, yo indio Ciruma pasar por allí y ver el árbol que bota aceite, aceite untar en piel de niño. Niño sano. Aceite cura odio.

Se levantó y sin esperar una palabra ni pronunciar ninguna otra, se alejó en sentido contrario al lugar que había señalado.

La desesperación de los Morles les llevó a confiar en las palabras del indio Ciruma y, apoyados por la familia Suárez, decidieron dirigirse hacia el valle de los Cabimos. Las otras dos familias terminaron siguiéndolos también. Al día siguiente, ya al anochecer, llegaron al lugar, contemplaron el valle bordeado por los robles, en él varias docenas de Cabimos distribuidos a lo largo y ancho del valle. Era primavera, el olor del aceite que segregaba cada árbol era agradable al olfato, daba la impresión de estar dentro de un nuevo mundo. Tomaron aceite de Cabimo y lo untaron a los infectados por la enfermedad, sobre las manchas y sin frotarlo, como había indicado el indio con señas. Tres días después de que los pacientes padecieran una fiebre intensa por las noches, las llagas desaparecieron junto con la fiebre y los síntomas de la enfermedad.

Decidieron establecerse en aquel lugar y, en honor al indio, que nunca más volvieron a ver, llamaron al pequeño caserío “El Consejo de Ciruma”. Se proveían de agua del arroyo al que llamaron “El Cardón”, el mismo donde les encontró el indio. Tan pronto como se establecieron, un representante de cada familia volvió al estado Falcón exportando el aceite de Cabimo para que pudieran salvar a los pacientes que agonizaban y a los que iban siendo alcanzados por la enfermedad. Así, la fama del pequeño caserío corrió con rapidez.